Marcos Ana 4

23 minutos de silencio

In Blog by Javier Rodríguez Godoy0 Comments

Ha muerto Sebastián Fernando Macarro Castillo. Le conocieron como Marcos Ana, porque él eligió recordar en su nombre cada día a sus padres muertos. Hace dos años que le conocimos y pasamos dos días con él para un reportaje sobre su vida y tengo caliente el recuerdo de su casa, que parecía un templo siendo tan humilde, y el silencio con que le escuchamos recomponer sus recuerdos a la luz de un foco.

Recuerdo que nos dijo con todo el ánimo del mundo que se había olvidado de nosotros, que qué tocaba hoy, como un niño que le dice a sus padres que en qué pasarán el día, y que me abrió su álbum de fotos familiar como lo haría mi abuelo. Sin embargo, recuerdo que nos despidió desde su puerta verde como si ya fuéramos familiares de dos días.

Hoy no recordaba que ya tenía 96 años Marcos Ana. No recordaba que se podía morir porque manejaba ideas eternas: que los hombres las corrompen, pero que las ideas siguen puras, como se le ocurrió a Platón, y que seguiría luchando por ellas. “Qué ideas van a ser”, dijo, sonriendo: “la justicia social y la libertad”.

Salí del Archivo Histórico de Defensa con más preguntas que respuestas sobre su expediente. Ni una sola prueba de los delitos por lo que le condenaron a muerte dos veces y que luego le conmutaron por 60 años. Me lo dijo: “grité de alegría porque solo estaría 60 años”. Pones el “solo” cuando lo comparas con dos veces muerte. En el expediente del Archivo había un sobre cerrado, confidencial. Me explicaron que la ley impide que lo abramos hasta que no pasen 25 años de la muerte de alguien. No sé si era 25 años tras la muerte de Marcos Ana o 25 años del juez que lo mandó a sufrir las sacas.

Le expliqué que no entendía nada sobre el expediente y después de recibir su sonrisa le di las copias de Juventud, una revista que sus compañeros habían escrito en la cárcel y que asumió haberla escrito él cuando uno de los guardias la descubrió. Me dijo que asumió la autoría porque él no se doblaría en las torturas y quizás sí lo haría alguno de los responsables.

Lo último que recuerdo de él es que me dijo que no odiaba. Y me pregunto cómo un hombre torturado mató el odio antes de que el odio acabara con él.

Si lo hubiera pensado mejor, habría intentado que el vídeo de la entrevista que le hicimos durara algo más, para escucharlo en silencio durante 23 minutos, uno por cada año de su cautiverio.

Alguien dijo que Marcos Ana no ha muerto, sino que se siembra.

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