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Budismo y sociedad de consumo. Una conversación con Dokushô Villalba

El zen no es una respuesta espiritualista a un mundo materialista. Es una forma de vivir que incluye y trasciende tanto el espiritualismo como el materialismo – Taisen Deshimaru, maestro de Dokushô Villalba

Dokushô Villalba, maestro budista zen, utiliza un iMac, un iPhone y un iPad a diario. También coche, luz eléctrica y agua corriente. Escribo esta entrada porque algunos seguidores se han preguntado cómo un monje budista puede utilizar los símbolos del consumismo de un modo descarado.

Contra la opinión popular, el budismo no renuncia al mundo: ni se aleja de él ni menosprecia el progreso tecnológico y científico.

Lo que sigue es la conversación con Dokushô Villalba sobre la sociedad de consumo, el capitalismo, el deseo y el budismo.

¿Cómo se vive la espiritualidad en un mundo capitalista?

El zen no debe ser considerado como una antítesis del materialismo, sino como una forma en que el materialismo y el espiritualismo quedan trascendidos y se asiste a una nueva visión y a una nueva realidad.

El mundo material forma parte de lo que somos, pero lo que somos no se reduce al mundo material.

Hay que entender que el materialismo es una reacción moderna que comienza con el Renacimiento y que culmina con las ciencias positivas de los siglos XVII y XVIII, y después en sus aplicaciones tecnológicas de los siglos XIX y XX.

Es un movimiento pendular en reacción al espiritualismo vivido en la Edad Media en Europa. En ese espiritualismo las condiciones materiales de este mundo no importaban, lo que importaba era el otro mundo. Salvarse para el otro mundo.

Eso le venía muy bien a las clases dominantes, porque ellos sí tenían una situación muy holgada en este mundo, pero el pueblo quedaba relegado y se le daba la esperanza del otro mundo. Y durante siglos la población europea vivió en esa fábula.

Cuando se empiezan a despertar, cuando la cultura europea florece con el Renacimiento y empieza el desarrollo de las ciencias, la apreciación de la naturaleza, el estudio del mundo material, esa fábula tiene cada vez menos influencia.

Y parece ser que después de siglos de carencia y de miseria se pasa al extremo opuesto: a buscar solo la satisfacción material, las condiciones de vida agradables. Eso ha desembocado en el materialismo exacerbado de la época actual.

¿Y el Zen?

El Zen no es el retorno a una forma de vida espiritualista o idealista descarnada y desencarnada. La espiritualidad del zen está enraizada en el cuerpo, en la naturaleza. Es la naturaleza.

No es una espiritualidad abstracta ni metafísica, sino una espiritualidad vivida cuando cocinas, cuando cortas las verduras, cuando cosechas en el huerto, cuando trabajas con los materiales concretos.

En esa actitud ya no se percibe la realidad como separada entre lo material y lo espiritual, sino que es una totalidad, superándose así la dualidad cartesiana que tanto ha influido y sigue influyendo en la cultura Occidental fruto de la Ilustración.

La separación entre mente y cuerpo. Al fin y al cabo, el dualismo cartesiano no es más que la continuación del dualismo cristiano, expresado en términos laicos si quieres, pero es la continuación de la misma dualidad entre alma y cuerpo. En el Zen eso no se da.

Nosotros por ejemplo, mira: yo uso ordenadores Mac, uso un iPhone, iPad, usamos coche, compramos gasolina, esto es material, aquí no se fomenta el ascetismo, tampoco el hedonismo, tampoco el regocigarse en lo material, en el placer, en los gozos sensoriales, no, pero no es una metafísica. Tampoco es una pura física. Es algo que está más allá de eso.

¿Qué opina de la sociedad de consumo?

La sociedad de consumo es un fracaso porque rompe los vínculos entre los seres humanos y lo basa todo en la producción y el consumo.

Vales si produces y por lo que consumes. Las sociedades de producción-consumo son una maquinaria loca, fuera de control, porque solo se puede mantener aumentando la producción y aumentando el consumo. Es lo que llaman crecimiento continuado. Por eso todos los años nos bombardean con el índice de crecimiento, si ha habido crecimiento, si va a ser de una décima o de dos.

En el lenguaje económico, “crecimiento” significa que ha aumentado la producción y el consumo. Bien. Esto va al abismo. ¿Por qué? Porque olvidamos que para producir hacen falta materias primas y las materias primas son li-mi-ta-das.

Es fácilmente deducible que de las materias primas limitadas no puede surgir un crecimiento ilimitado. Eso ya lo dijo el Club de Roma en los años 60, pero los políticos y los dirigentes económicos han hecho oídos sordos. Esa sociedad de producción o de consumo conduce a las guerras.

Si los recursos naturales son escasos y todo el mundo los quiere para seguir produciendo y consumiendo, es inevitable que haya conflicto y que el más poderoso quiera quedárselo. Y para ser más poderoso es necesario contar con el ejército más potente, por lo tanto la riqueza se va a la producción de armas. En fin.

Además, lo dramático de todo esto es que si esta dinámica nos condujera realmente a un estado de felicidad, pues uno diría: “bueno, es que merece la pena”. Pero es que no es así. Está más que comprobado y demostrado que no es así.

¿Qué necesita un ser humano?

Un ser humano necesita tener sus necesidades básicas satisfechas para poder encontrar un estado de felicidad. Una persona hambrienta, una persona sedienta, una persona sin seguridad, sin trabajo, sin una casa digna, no puede ser feliz. Es muy difícil. Hace falta un mínimo material que cubra la satisfacción de las necesidades para que la persona tenga una sensación de bienestar y de felicidad.

Pero a partir de cierto límite, el aumento de la riqueza, el aumento de la producción y del consumo, no garantiza un mayor estado de felicidad, sino todo lo contrario, la curva va descendiendo. Se vuelve más complicado vivir por encima de nuestras posibilidades reales y nos hace más desgraciados.

Aparte de que creo que es un crimen contra la naturaleza, es un crimen contra las tres cuartas partes de la humanidad que no pueden acceder ni al consumo mínimo.

WWF presentó la huella ecológica. La huella ecológica es lo que se supone que un ser humano necesita, medido en hectáreas, incluyendo todos los recursos de todo tipo, para poder mantenerse dignamente. Se ha calculado que es 1,5 hectáreas, más o menos, por ser humano.

La huella ecológica de un europeo está en 7 u 8 hectáreas. La de un norteamericano en 10 o 12. La de los chinos va subiendo y gran parte de la población en África o América y parte de Asia no llega ni a media hectárea. Quiere decir que hay una parte de la humanidad que se está comiendo el derecho de uso de otros seres humanos.

Y este desequilibrio además es injusto con la naturaleza, con los más desfavorecidos…

Las sociedades opulentas estimulan el consumo porque eso estimula la producción y mantiene la máquina funcionando: generando riquezas para algunos pocos. Para el 1%. Mientras que los demás, el 99%, lo único a lo que puede aspirar es a ser una pieza dentro de ese engranaje y producir y consumir algo para poder seguir viviendo.

La sociedad de consumo es una locura, es una aberración y de seguir provocará el colapso de la civilización.

¿Qué opina de la publicidad?

El deseo desordenado es la principal causa de dolor y de sufrimiento del ser humano. No el deseo, porque un ser humano sin deseo es un organismo muerto. El deseo forma parte de la vida. Si nuestro padre no hubiera deseado a nuestra madre y a la inversa, nosotros no habríamos nacido. Si yo no hubiera deseado hacerme monje, no me hubiera hecho monje.

El deseo es una fuerza motora de la vida. Pero los seres humanos somos analfabetos respecto al deseo. No nos han enseñado a desear y creemos que el deseo es algo que simplemente hay que fomentarlo o estimularlo y que correr detrás de la satisfacción del deseo es lo que nos va a hacer felices.

El deseo es como un fuego, es el fuego de la vida. Sin fuego no hay vida. Ahora, tú sueltas un fuego en un bosque, en un cine, en una ciudad, y es el incendio, la destrucción. Eso es lo que está haciendo la publicidad: estimular el deseo en la gente. Exacerbar el deseo de la gente, en vez de educar el deseo de la gente.

La fórmula es: cuanto más desees, más vas a consumir y cuanto más consumas, más hay que producir. La maquinaria enloquecida va funcionando. Y eso se está convirtiendo en un incendio que está arrasando, literalmente, los bosques, los mares, los recursos naturales, las poblaciones, todo es el fuego del deseo exacerbado.

El budismo enseña a desear bien. Educa el deseo. El deseo puede ser fuente de gozo y de felicidad o puede ser el origen del dolor y del sufrimiento más atroz, depende cómo utilices la energía del deseo.

Desear es muy fácil. Tú te sientas y dices: “deseo un Toyota 4×4”. Pum: ya has generado el deseo. Y si a ti no se te ha ocurrido por ti mismo generar ese deseo, basta con que veas un poco la televisión para que una multitud de deseos se hayan generado en tu mente. Eso es fácil: generar deseos es muy fácil. Lo difícil es satisfacerlos todos.

Están continuamente excitando el deseo de la población. La población se encuentra en un estado de hiperdeseos que no pueden satisfacer, con lo cual se encuentran con una barrera a la hora de satisfacerlos y esa barrera genera frustración. Frustración es otra forma de decir “un estado aflictivo”, un estado de rabia incluso, de ira contenido, porque cuando tú tienes un deseo y no puedes satisfacerlo, surge la rabia, la ira.

La ira como un mecanismo destinado a destruir el obstáculo que se interpone entre tú y el deseo, por eso lo que se está creando es una bomba a efectos retardados.

No extraña que cuando hay turbulencias sociales la gente vaya a las tiendas de electrodomésticos a coger todo lo que pueda porque POR FIN pueden satisfacer sus deseos sin tener que pagar.

Los dirigentes se están aprovechando del ordeñamiento de la vaca población, porque es un puro ordeñamiento, es una explotación.

Si tú excitas a la población, les aumentas el fuego del deseo y le presentas todos los objetos de deseo en vitrinas de lujo, la población va a querer acceder a eso, pero sabe que para acceder a eso tiene que tener nivel adquisitivo. Y para tener nivel adquisitivo tienen que vender su tiempo de vida al trabajo de producción, en distintas fases.

Y de esa relación la élite extrae su riqueza y su poder. De esa explotación de la capacidad de desear de la vida humana.

Es como cuando en las granjas le ponen música de Mozart a las vacas, porque saben que dan más leche. Una población excitada por el deseo da más leche. Y los que se aprovechan son los ordeñadores (risas).

Acerca de Javier Rodríguez Godoy (60 artículos)
Humanista y curioso. Puedes seguirlo en Twitter, Facebook y Google+

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