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El gran golpe de Daniel Rojo

Daniel Rojo tiene 52 años, vive en Barcelona, estuvo enganchado a las drogas y se dedicó a atracar bancos durante 15 años. Con 16 años zumbó el primero. Estuvo en la cárcel interrumpidamente 14 años, en periodos de 3, 4 y 7 años. Le detectaron sida, superó un cáncer de hígado y no sabe cómo su cuerpo aguantó tanto. Salió en el 1998 de la prisión y trabajó como seguridad de artistas: Loquillo, Bunbury, Rosario Flores, Messi. Ahora es novelista y padre de familia.


Salir de las drogas en la cárcel no es nada fácil. Aunque yo siempre digo que antes de atracar bancos a lo primero a lo que me enganché fue a la adrenalina. Con seis o siete años hice mi primer robo a un quiosco cerca de casa. Lo hice sin necesidad, porque la situación en mi casa era buena. Así que sí, esa fue mi primera dosis.

El 19 de diciembre del 97, cuando me dijeron de ir a una granja [de desintoxicación], me metí un pico de 8.000 pesetas y esa fue la última puta heroína que he tomado en mi vida. Luego mi hermano cogió leucemia y se murió. Eso fue un palo muy duro para mí y para mi familia. El hecho, además, de que se hubiera muerto el bueno. Más tarde lo pensé: coño, si con eso no recaí en las drogas, ya nunca me volvería a meter.

Pero sí, pongamos orden, que con la neurona que me queda (risas). Entre aquel primer robo y el último pico de heroína hice tantas cosas que no sé cómo estoy vivo todavía. Luego ya, cuando salí definitivamente de la cárcel en el 98, después de catorce años de condena y gracias a mi amistad con José María (Loquillo), empecé a llevar el merchandising de artistas y más adelante su seguridad. Llevé al Loco, a Shuarma, a Bunbury, a Rosario Flores. Lo de Messi fue una carambola de un día.

Y ahora pues vivo del cuento. Como legalmente un delincuente no puede contar su vida, pues bueno, la he puesto en novelas, he añadido un poco de acción, y sí que me gano la vida con eso. Mi vida ahora es como la de cualquiera que esté casado y tenga hijos (risas). Ahora te cuento cómo era mi vida antes, pero después de diecisiete años de estar fuera de la cárcel creo que ya es tiempo de hablar también de lo que no es la delincuencia.

Loca juventud

En 1975 yo ya estaba metido en el mundo de las bandas de la zona alta de Barcelona. En aquel entonces todos soñábamos con una moto, una chupa de cuero alucinábamos con Salvaje, de Marlon Brandon. Hoy en día piensas en heroína y ves a un yonki tirado en el suelo, ves una percepción negativa, es más difícil engancharse a las drogas. Pero en aquella época nos la metieron como triunfadora. Los que cantaban y los que tomaban eran triunfadores. Ya digo, no es excusa, sino por qué me metí, ¿no? Porque me gustó y yo quería ser como ellos.

Un día de aquella época coincidí con José María, Loquillo. Él relató nuestro encuentro en su novela Barcelona ciudad. Cuando me preguntan por Loquillo les digo: “qué quieres saber, ¿la verdad o la leyenda? No, es una broma. Cuando nos conocimos él tenía 16 años y yo dos menos. Cuando murió Elvis ya éramos amigos, con eso te lo digo todo, porque me acuerdo que ese día iba yo a su casa y aquella noticia fue un trauma.

Yo iba con Óscar, un amigo, desde el Charlie Mas, una discoteca que había en la calle Bethoveen con Maestre Nicolau, hacia el Bacarrá. Y Loquillo salía del Bacarrá. Cuando nos cruzamos Óscar le saludó. Entonces fue cuando Loquillo y yo nos miramos porque éramos tíos de metro noventa y con cazadoras negras de cuero. Luego charlamos y, bueno, a los dos nos gustaba el básquet y la música.

La amistad con Loquillo me amplió musicalmente. Yo conocía a cuatro y a él le gustaba mucho la música. Las cosas como son. Tenía muy claro lo que iba a ser. Luego tengo que estar agradecido de que cuando salí de la cárcel y quise reinsertarme él me echó una mano. Me metió en el mundillo. Gracias a él conocí a Calamaro o a Bunbury. Ha tenido influencias positivas en mí. Otra cosa es que no nos hablemos.

En resumen: con 16 años ya me habían echado de casa más de una vez, aunque siempre volvía, y había conseguido un arma.

Mi padre, aficionado a la caza, tenía en el salón un arsenal de pistolas y escopetas. Una noche de entonces mi padre me acusó de haberles robado durante más de un año, dijo que muerto el perro se acabó la rabia y sólo recuerdo a mi madre gritando que me fuera antes de que mi padre cometiera una locura. Salí por patas. Meses después volví al nido familiar, con unos cuantos atracos a mis espaldas. Fue cuando mi padre decidió enviarme al ejército. Allí, en Sevilla, decidí unirme a los paracaidistas por su uniforme. Nos hacían saltar de un muro de 7 m a diario. Pero tenía diecisiete años y me chutaba dos veces al día. Casi llego a cabo de la BRIPAC [Brigada Paracaidista]. Me echaron antes.

Bueno, lo que sigue es que me fui profesionalizando en atracar bancos con gente tres colegas de las timbas y las discotecas. Sabía que acabaría en La Modelo [cárcel de Barcelona], pero estaba muy enganchado a las drogas y a ese ritmo de vida. Con 16 años zumbé mi primer banco y en aquel momento supe que tendría que seguir haciéndolo. Con el dinero de los bancos conseguía todo lo que quería: drogas, mujeres… Lo que creía que me daba la felicidad.

Los bancos

Tengo unos 150 atracos a bancos imputados. ¿Hechos? Pongamos el doble para no meter ni muchos ni pocos. El atraco de mayor cuantía (lo que pasa es que no era para mí solo, pero sí que lo perpetramos y nos lo llevamos) fue de casi 1.200 millones de pesetas. Pero a mí me tocaron 158 millones de pesetas.

Atracar bancos es adictivo. Tú haces todo el atraco, lo has planeado, lo estás haciendo… Es como orgásmico. Como cuando estás conquistando a un chica y te la llevas a la cama, ¿me entiendes? Y cuando sales del banco con el botín, en ese paso es cuando ves si va a pasar algo. En el momento que sales y te metes en el coche y te vas es como cuando te corres. Has segregado toda esa serie de sustancias y luego encima triunfas: te llevas en un momento dos o tres millones de pesetas. La sensación más parecida que puedo decir, eso: a eyacular con un buen polvazo.

¿Cómo atracaba los bancos? Todo depende. Una cosa son los atracos del 79, otra los del 83 y otra los del 91. Fui perfeccionándolos, por así decirlo. En el 79 íbamos cuatro tíos en un coche. Uno conducía y nos guiábamos por instinto. Si veíamos seguridad armada, lo zumbábamos porque así cogíamos las armas y pensábamos que habría más dinero. Era nuestra lógica. Incluso nos gustaba más si había dos guardias armados. Vale que había que hacerlo de otra forma y cogerlos desprevenidos, pero eran dos 38 [pistolas] que cogíamos y más guita [dinero].

Ya te digo, en aquella época íbamos vestidos de calle porque éramos menores y no estábamos fichados. Luego, como empezamos a ser conocidillos, nos poníamos pasamontañas, pero es que llevar eso te delata. Si sales de un coche andando hacia un banco vestido normal, no tienen por qué pensar que vas a atracarlo. Con el pasamontañas es otra cosa.

En el 83-84 sí que intentaba que no me vieran porque ya me habían fichado. Pero poca cosa podía hacer por tener estas características físicas. En la época de los 90, bueno, ya tenía un modus operandi y por eso me meten tantos [atracos en el juicio]: porque tenían mi marca.
No me gusta decirlo porque parece que haga apología de la delincuencia, pero sí: los preparaba para entrar con el primero y a ese le decía: “esto es un atraco”. Pero le tranquilizaba: “No te preocupes”, les decía. Incluso guardaba las armas cuando ya estaba dentro del banco: “mirad, ¿eh? Que no quiero haceros daño”. Había atracadores que creían que con el pánico y el terror lo dominaban mejor. Yo nunca he sido de esos. Siempre consideré que tener a los civiles de tu parte es mejor. Si entrabas en un banco y gritabas: “¡Esto es un atraco!”, mal. Eso es en las películas. Es que es una tontería que se echen al suelo para que desde fuera vean que pasa algo. Yo decía: “Todo el mundo quieto. Si nadie se mueve, nadie sufrirá daños”. Y sobre todo me gustaba especificar que iba a atracar el banco. Al que se tapaba el reloj: “no, no, caballero, que no le voy a robar el reloj”. O a la mujer con el bolso. Vamos a ver, ¿para qué vas a un banco? Esa era mi forma. Mi estilo.

Y al salir del banco, pues también depende de la época. Al principio atracábamos para conseguir 8 millones de pesetas. Cuando teníamos esa cantidad parábamos de atracar. Eso sí, el fin de semana destrozado: consumíamos, bebíamos, íbamos de putas. Yo me lo gastaba todo y mis colegas también. No he conocido a atracadores que quisieran ahorrar en los 80’. Ahora sí: todos los políticos nos están atracando a la cara. Estos sí que nos atracan.

La cárcel

Pero en general no hacíamos mucha cosa para no caer. En el mundo de la delincuencia, ¿para qué estás robando si no vas vacilar? Sabes que más tarde o más temprano vas a caer. Entrar preso no era un problema muy grande porque yo entraba con dinero y en la cárcel se vive como en la calle: si tienes dinero, vives bien. Pero la primera vez sí que fue un choque psicológico porque yo me creía superman. Tenía 19 años, llevaba tres enganchado a la heroína y a la farla [coca] y si ahora soy grande y fuerte, con aquella edad era un toro. Me creía casi invencible. Aquella primera vez fue un choque porque yo no me sentía marginal. Yo me sentía cool, enrollado, en la onda. Interiormente sabía que atracaba, que tenía minicasinos, que teníamos el juego, sí, había rollos, que lo sabía, que no era tonto, pero claro, yo nunca he sido malo. No he sido psicópata, no he buscado hacer daño a la gente. Con el rollo del romanticismo de la delincuencia entre los compadres, de la droga que te une y los demás son giles… Yo no me veía como los de la Modelo. Cuando me cogieron la primera vez estaba un poco mosqueado porque no me lo esperaba y al entrar vi la gente que había. Joder, todos eran muy feos. Los veía, no sé, muy peligrosos, muy chungos todos. Ahí me di cuenta de que yo también era marginal.

¿En la cárcel? Ya te digo, como en la calle. En los 80′, que la comida era una mierda, que no había rancho, que no había comedores. Tú tenías dinero y te traían la comida de un restaurante. Lo pagaban fuera y te lo metían, todos los días, estaba permitido. Si eras yonki o toxicómano como yo (porque antes nos llamaban yonkis, ahora toxicómanos) y tenías dinero, podías meter toda la droga que quisieras. Creo que un delincuente profesional la cárcel no la sufre. Quien la sufre es la familia, la pareja, ¿no? Los que están fuera. Aunque yo tengo el recuerdo de que mi madre la primera vez me dijo: “bueno, es que al menos sabía dónde estabas”. Y estaba contenta de que estuviera preso, porque al menos me tenía localizado. Claro, hostia, solo por el hecho de estar privado de libertad claro que estás sufriendo, pero, joder, creo que ese sufrimiento lo tiene el que es inocente. Claro que cuando me han pegado puñaladas me ha dolido, pero si no hubiera estado en la cárcel hubieran sido tiros, casi seguro, porque yo en la cárcel iba con puñales porque había que ir armado. En la calle hubiera ido armado con pistolas.

En la cárcel la represión sexual era insoportable. Algunos se las ingeniaron para comportarse como señoritas para sacarse algún novio que lo defendiera del resto. Les salía a cuenta hacerse pasar por travestis. Me acostumbré pronto a tanta mierda y llegó el día en que no me parecieron graves las violaciones a los nuevos.

En los noventa, tras salir de la Modelo por segunda vez, cuando los saltarines [la policía] me llamaban el millonario, yo ya no estaba contento. Ahí empezó el “gran golpe” si quieres. Así como otros años el hecho de meterme droga, tener buenos coches, buenas casas, ir con muchas putas, era lo que me hacía feliz, en 1990 ya no.

Recuerdo vivir en una casa muy chula, en una urbanización de Terrassa muy buena y tener un salón brutal con alfombras afganas de un millón de pelas cada una. Y me acuerdo de una mesa de cristal de murano con las patas de pezuñas de elefante. Solamente en mierda había un montón de millones ahí. Y en esa mesa había vasos de cristal, todo lleno de chutas y con el agua ya ensangrentada. Por las noches (digo por la noche y podía ser cualquier hora porque tenía las persianas cerradas para que no vieran las guarradas que hacía dentro), por las noches, cuando se me iban las putas y me quedaba solo empecé a reflexionar que algo no iba bien. Pero, claro, estaba muy enganchado y me gustaba mucho atracar. Veía que eso ya no me ponía, pero lo necesitaba. No sé si caer preso me salvó. ¿La pregunta cuál era? (Risas).

El bicho

Pongamos las cosas claras: desde el 86 me detectaron anticuerpos del bicho [sida]. En el 89 me dieron un año de vida. Entré [en la cárcel] en el 91 con mucha condena y muy pocas defensas. En mi cabeza era: “si dejo las drogas, me muero”.

En los 80 no sabíamos nada del bicho. En la cárcel, en el 85 (recuerdo el año porque murió Rock Hudson) fue cuando empezó a pulular lo del sida. A finales de aquel año el médico de la Modelo, el Dr. Enrique Montaner, me dijo que el Instituto Pasteur le había dado una beca para investigar la enfermedad. Él sabía que en la cárcel había muchos toxicómanos y para entonces el sida no era solo de homosexuales, sino que también nos consideraron a los delincuentes y drogadictos. Le conseguí 800 tíos para la prueba: 797 dimos positivo. Sólo tres dieron negativo. Y además eran tres yonkis. Tendrían algún genoma raro.

Hubiéramos hecho lo mismo con la información sobre el sida. La prueba está en que cuando me enteré que no dejé de picarme cuando me enteré que lo tenía. Les dije a los médicos que ya lo daba por hecho. “Y esto, ¿qué?”, les pregunté. Me dijeron que en diez años el 50% estaría muerto. Y no falló. Incluso se quedaría corto. Yo, la verdad, no pensaba vivir mucho más.

En la cárcel pincharse era aún peor que en la calle. En la calle te compras las jeringuillas en las farmacias y compras agua destilada. Eso es lo que se dice, que esa es otra, porque yo te garantizo que no se hace. Yo mismo, por ejemplo. Estuve viviendo en un dúplex en Núñez de Arce, tenía una ZZR e iba a comprar caballo a las Ramblas porque estaba de mono. Bueno, podía coger el caballo y picarme en casa, en cambio me paraba en una esquina, cogía una chuta del suelo y me picaba allí mismo.

A lo mejor también por eso cuando me lo detectaron pensé que me lo había ganado. No hice nada para no tenerlo.

Aunque cuando me dijeron que tenía el bicho me afectó porque tuve que dejar a una novieta que quería casarse conmigo e incluso era virgen; que me enviaba fotos (entonces no era de móvil) por carta con ella en camisón poniéndose un cojín dentro. Estaba enamorada. Y yo también. O eso creí: que te venga a ver una tía en la cárcel. Cuando me dijeron lo del sida corté con ella y aquello significó no poder tener familia. Eso sí que me jodió.

Siempre lo digo: considero que cualquier persona que no quiera estar a mi lado porque tenga el sida no me conviene. Aunque yo tenga anticuerpos me puedes dar besos en la boca o comerme la polla que no pasa nada. Y ahora mismo, ya ves, que desde el 97 me medico, tengo carga viral cero, he tenido niños, vivo con ellos… No tengo ningún remordimiento de que les pueda pegar nada. Pero ninguno. A veces, claro, sin querer, en el lavabo con los cepillos de dientes, utilizo los míos, o mis cuchillas pues que mis niños no las cojan o que mi mujer no las utilice para depilarse. Pero vamos a ver, que apenas lo tengo detectable imagínate en una puta gota.

Ahora doy gracias por supuesto a todos los medios que hay para pelear contra ello. Últimamente, con esto de los recortes de sanidad, estoy mosqueado de verdad porque el plan de prevención del sida, ya desde el 2014, no es que lo recortaran: lo han anulado. Plan de prevención. No para los que tenemos, sino para prevenirlo. Piensa que en España somos 50.000 que tenemos el sida, creo. Hubo un momento que fuimos 200.000.

Vivir sin droga

Y otra cosa: en la cárcel también hubo una Transición. La cárcel había sido franquista, política, y a finales de los 80 se dieron cuenta que el 97% de reclusos éramos toxicómanos. Empezaron a trabajar psicólogos, terapeutas. A base de reestructuraciones cognitivas y que sabía que algo no iba bien pensé: “hostia, llevo 25 años viviendo con la droga y la delincuencia, vamos a ver si sé vivir sin droga”. Empecé a atracar por las drogas y saldría de la cárcel sin ellas. Hice una reflexión total sobre qué quería para mi vida: morirme de una puta vez o hacer las cosas bien.

A los 18 meses me volví a enganchar.

En ese tiempo logré una refundición de condena: en vez de ir a sesenta y tantos años de preso se quedaron en la triple de la mayor porque todos los delitos fueron iguales: atraco a mano armada. Es decir, se quedaron en 18 años que por un sistema complicado de la ley antigua donde contaban los años que ya llevaba preso, se quedaron, total, en 4 años y medio. Aún así era mucho tiempo y como no me dieron permisos me cabreé y me volví a enganchar desde el 1995 hasta el 1997, cuando me dijeron de ir a una granja, el 19 de diciembre. Pero solo estaba enganchado al caballo.

A los ocho meses de estar en aquella granja fue cuando mi hermano murió. Me pasé una racha muy mala porque cerraba los ojos y solo lo veía muerto. Ya te digo, tengo de todo por el cuerpo y nada me ha dolido como la muerte de mi hermano. Con el tiempo lo pensé: lo que podría haber sido mi caída, me hizo más fuerte.

Y, bueno, los primeros diez años de libertad, desde el 98, trabajé con la música, con artistas, y mi vida dio un giro. Luego cogí cáncer de hígado, cuando tuve a los niños. Como tuve que dejar de trabajar, me puse a escribir. Claro, ahora tengo un trabajo que no ficho, aunque me levanto temprano, que es un decir por el insomnio, para vestir a mis niños, llevarlos al colegio, aunque si quiero me puedo ir a la cama. Pero me voy al gimnasio porque creo que ya tengo una edad y quiero seguir a mis hijos con la bicicleta.

Loquillo y Eva

¿Eva, mi mujer? Era mi doctora.

La primera vez que la vi en la consulta me dijo: “hostia, ¿cómo tienes todas estas enfermedades?”. Y le expliqué toda mi puta vida desde las 11:00 hasta las 16:00. Claro, una relación se basa en la sinceridad, así que imagínate cómo empezó. Y llevamos 17 años casados.

También el hecho de que ella me tocara sin guantes me hizo pensar. Llevaban 14 años tocándome con guantes, siempre, hasta los funcionarios. Que una doctora que esté buena y me toque todo el cuerpo con las manos, pues claro: me puse cachondo. En serio: ese contacto significó mucho. Me sentó muy bien. A lo mejor por eso le fui tirando más.

Ella estaba estudiando aún cuando llegué a consulta. Era R3. Yo creo que dijo: “mira, me ha venido la tesis”. Nos enamoramos, no sé. Veníamos de cosas distintas, pero teníamos una visión de la vida parecida: queríamos formar una familia, vivir tranquilos, yo qué sé. ¿Por qué tiene que casarse un médico con una médica? ¿O una abogado con una abogada?

Además, siempre me he considerado buen tío. He atracado bancos, pero no he hecho daño a nadie. Yo no estoy descontento con mi vida. Sí que me desprecio a veces, no sé si los demás también lo harán, y por eso de vez en cuando necesito chutes de ego. Por eso pienso también que yo a mi mujer le he aportado muchas cosas buenas, sin querer. A lo mejor no hubiera llegado a ser directora asistencial si no está conmigo. O no hubiera hecho el doctorado. Esto nunca se sabe.

Encontrarme a una tía que me quisiera me ayudó mucho a seguir. Luego el trabajo, que no me molestaba porque me gustaba, pues tengo que agradecérselo a Loquillo. Creo que tuve mucha suerte de eso: encontrar a mi mujer y a un amigo que me diera un trabajo que me gustara. Que era mi miedo: saber vivir de mi trabajo. Fueron dos pilares para seguir para adelante. Por supuesto sin quitarme méritos yo. Si estas dos cosas hubieran tardado un poco más, no sé lo que hubiera pasado. Pero sería porque me lo merecía: las cosas no vienen por la cara. Eso es porque te lo ganas.

“Uno es lo que ha vivido”

¿A qué se le tiene miedo? Ahora el miedo que tengo no es para mí, es para los demás. Cuando cierro los ojos y me asusto es porque pienso que les va a pasar algo a mis hijos. Un accidente, ¿sabes? Pero “chorra”, que estoy con ellos andando y un autobús pasa y… cosas duras. Eso me acojona.

Por otro lado, no sé si diré que a lo mejor uno encuentra la felicidad bajando antes a los infiernos. Igual que te digo que tengo esos momentos de pánico con mis hijos, sólo oír cómo dicen “papa” me hace feliz.

Después de todo lo vivido, me quedo con todo. Me quedo con todo en el sentido de que creo firmemente en que el error hubiera sido no cometerlo. Uno es lo que ha vivido. Del pasado hay que aprender.

Javier Rodríguez Godoy
Acerca de Javier Rodríguez Godoy (15 artículos)
Humanista y curioso. Puedes seguirlo en Twitter y Google+

4 comentarios en El gran golpe de Daniel Rojo

  1. Brutal la historia de Daniel, que no conocía. Enhorabuena por la entrevista.

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