El rey del Chatarras Palace

In Reportajes, Video by Javier Rodríguez Godoy6 Comments

Javier García Roche es conocido como “el rey Chatarrero”. Nació en 1982, heredó la chatarrería de su padre, es boxeador y vivió como delincuente hasta que el deporte le sacó de las calles. Su actividad en las redes sociales y su carisma llamaron la atención de los medios. En su canal de YouTube colgaba vídeos de las “peleas chatarreras” y pronto se conoció su Chatarras Palace como “el Club de la Lucha español”. Pero hay mucho más: su activismo por la vida de los perros, del Toro de la Vega y su cruzada por sacar a los chavales de las calles ha despertado más admiración que rechazo. Esta es su historia.


Javier García Roche había conocido noches más alegres, aunque pocas. Con 10 años estaba acostumbrado a recibir cada noche una bolsa de gominolas que traía su padre para él y para sus tres hermanos. Aquella noche, después de pasar la jornada recogiendo cartones y chatarra por Barcelona, su padre se olvidó de traerlas. Era un ritual nocturno que desanimó al pequeño de los hermanos, de modo que Javi se ofreció para comprarlas. Volvió llorando a casa. Un yonqui del barrio de Sants le quitó las 200 pesetas que le dio su padre. Aquella noche le nació una rabia en el pecho que no se quitaría hasta seis años más tarde.

Los compañeros de la banda de Javi García Roche detuvieron los golpes. A Javi lo raptó el odio cuando reconoció al yonqui que le robó seis años atrás. “El yonqui tenía la cara tumefacta y una abundante hemorragia nasal”, según el borrador de sus memorias. La sangre le salpicó los brazos, las manos y la camiseta. Enfureció todavía más. Roche desgarró el párpado del yonqui a puñetazos.

—No sigas. Lo vas a matar —gritó uno de sus colegas.

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Por entonces Javi había abandonado la candidez de la infancia y pertenecía a una banda conocida despectivamente como “los moros”. Era 1998. Se reunían en la plaza de la Olivereta, en el barrio de Badal. En aquella época los niños podían encontrarse chutas en los parques, sabían qué era el Sida, los navajazos y las sobredosis. Convivían con la inseguridad, el desprecio y el rencor. El yonqui nunca entendió que la paliza fue parte de una justicia mal entendida de un chaval de barrio.

Uno de los insultos que más afectaba a Javier García Roche era “pobre de mierda”. Le mataba ver a su padre sucio y recogiendo residuos para ganar unas pesetas y que los chavales lo afearan. El horizonte de su banda era el poder: que sus miembros fueran temidos, llevaran ropa cara, joyas, buenos coches y mujeres. Ostentar. Eso era ser alguien, no un pobre de mierda. Pero en casa, una cena podía consistir en una sopa de sobre y una tortilla para cuatro niños. Años atrás, Javi era quien acompañaba a su madre a por comida a la Cruz Roja o al supermercado. “Me encantaba encontrar los productos más baratos”, dice. “Mi padre, chapado a la antigua, no quería que mi madre trabajara. Pero mi madre limpiaba escaleras a escondidas para podernos apuntar a un club deportivo y que no estuviéramos en la calle”. A su padre le cerraron la chatarrería y consiguió otra, que es la que hoy dirige Javi Roche. Les fue bien: sus padres pagaron el piso y consiguieron que sus hermanos estudiaran una carrera. Su hermana es asistenta social. Javi no quiso estudiar. Sus padres vendieron la casa para huir del barrio y que su hijo dejara las compañías. Emigraron a la Franquesa del Vallés, a media hora en coche de Barcelona. Javi se escapó y volvió al barrio.

El 24 de junio de 1999, Javi contempló la Noche de San Juan desde su celda en la prisión de la Trinidad, en Barcelona. “Parece una tontería, pero la Fiesta de San Juan para mí es muy importante. Tirar petardos con mi padre, en paz descanse, me encantaba. Me puse malo cuando vi a los educadores montarse en sus coches para pasar esa noche con su familia”, dice Javi. La familia asoma en cada conversación. Pero en aquel entonces odiaba a sus padres. “Era un odio enorme. Porque me cortaban el rollo, porque no me dejaban ir con mi banda, con mi gente. Y después los vi llorar tantas veces, comerse tantos marrones por mi culpa. Lo poco que tenían lo invertían en abogados para arreglar mis putos problemas. Les he hecho mil averías”, confiesa.

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En su juventud, Roche lo había probado todo: éxtasis, farlopa, hachís, marihuana. Dice: “A mí también me gusta fumar un canuto de marihuana con mi mujer y follar con el colocón. Pero no lo hago porque me convierte en mala persona”. Unas educadoras sociales que llegaron a la chatarrería para pedirle consejo sobre un proyecto universitario le regalaron dos botellas de vino como agradecimiento. “No bebo, pero gracias”, les dijo. También contó lo que sería su utopía: montar un Chatarras Palace de tres naves, abierto 24 horas con cocineros, educadores, psicólogos y asistentes sociales donde se estudie, se boxee y puedan comer o dormir si los padres echan a la calle a los chicos. “Todo esto que lo mantenga el Estado”.

—¿Qué te ha dado el boxeo? —le pregunto.
—A mí el boxeo me sacó de las drogas. Me apunté porque era pandillero y quería pegar mejores palizas. Pero, mira, eso provocó que conociera el gimnasio Gallego Prada, que es lo mejor que me ha pasado en la vida, y me volví un deportista profesional y es el epicentro de mi vida. Es como mi religión. Tenía muchas inseguridades y era muy violento.

Javi dice que es mal boxeador, pero que todo lo que tiene lo da el día del combate. Según su entrenador, Pollo Ramírez, estuvo luchando dos años con un dedo de la mano roto. Según Javi, el dedo se lo rompió defendiendo a su ex novia. Ahora lucha con los codos lesionados.

Un miércoles por la mañana entrena 60 minutos en el gimnasio Sparta, que regenta César Córdoba, cuatro veces campeón del mundo de K1. A lo lejos se oyen golpes contra unos sacos, un bufido, una patada contra una manopla y un cuerpo cayendo sobre el tatami. De cerca, descerraja el aire el sonido de la cinta americana despegándose del rollo. Sirven para proteger las manos de Javi bajo los guantes.

—Es un guerrero —dice Pollo. —Un guerrero de esos mexicanos, de la vieja escuela, de los sicarios criminales que no tiran para atrás. La pegada no la tiene como antes porque le duelen los codos, pero a él le da igual.

—En los entrenos me doy cuenta de lo maricón que soy —responde Javi, entre jadeos, mientras entrena. —Pero luego peleando se me pasa. Tengo que dejarlo este año.
—Es un boxeador fuerte, agresivo. Yo creo que no es humano —continúa Pollo Ramírez. Javi ocupa el sexto lugar del ranking de boxeadores españoles en la categoría superwelter (69,8 kg). En su carrera deportiva, Javi ha conseguido diecisiete victorias, de las cuales once fueron por KO. Ha perdido cinco y ha empatado una vez. —Te lo juro: le da igual pelear enfermo o con un dolor. Es un tío que pelea con el corazón. No le tiene miedo a nada. A nada.
—¿Y cómo le entrenas?
—Es muy de él. No le aprieto. Si quiere romper esa pared con la cabeza, le da aunque se mate —dice Pollo. Mientras tanto, da órdenes a Javi para que descanse un minuto y luego continúe con la comba. —Es uno de los boxeadores más carismáticos que tiene España hoy. No lo dejan en paz.

el rey Chatarrero

En 2012 Roche dijo que pelaría más de 2 veces ese año (por encima de su media) para explotar la marca, “Chatarras Palace”, y hacer hucha porque le pagan bien. “Para pagar la fianza de alguno de estos [los chavales a los que ayuda a salir de las calles]”, dice riendo.

Entrena dos veces al día, por la mañana y por la tarde, cuando prepara un combate. Lo combina con su trabajo en la chatarrería, de 9 a 20 horas aproximadamente. En el tiempo que ha durado este reportaje le diagnosticaron astenia post estrés. Sus músculos no responden y se desanima con facilidad. Durante los periodos de desánimo, uno se acerca a Javi como se acercaría a un tigre maltratado: sin saber cómo puede reaccionar. Si reacciona mal, pide disculpas enseguedia. A la salida del gimnasio, un joven lo reconoce y le dice que le firme unos guantes. Lo manda a la mierda. “Me estoy volviendo un borde”, dice. “Estoy saturado”.

—¿Qué tal te has visto los codos?
—Estoy jodidísimo —dice sin mirar. —¿Sabes qué es el factor de crecimiento? Es el tratamiento más heavy que hay para recuperarse de lesiones. Sacan la sangre, te la cocinan y te la meten otra vez. Yo en 20 días he hecho tres factores de crecimiento. Eso es una locura.

Mientras conduce hacia la chatarrería mira el móvil. La carretera es el momento de serenidad donde todos los proyectos que tiene en mente. El principal, su página de Facebook: Chatarras Palace. Allí cuelga fotos de su vida diaria, vídeos de sus entrenos y sobre todo historias de perros que necesitan ayuda: dinero para el veterinario o casas de acogida. Javi hace de puente entre los necesitados y la solución. Se expresa con un “nosotros”, pero es él. Despacha todos sus asuntos mediante mensajes de voz por whatsapp. Mientras el semáforo pasa a verde, se oye en el coche: “Escúchame, estamos haciendo historia: no van a matar al toro de la vega. Lo ha sacado El País, el periódico de mayor tirada en España”. Me mira para confirmarlo. “Tenéis que venir a Tordesillas para garantizar que se cumpla la ley. Por favor, es muy importante”. Un minuto después, cambia de asunto: “hermano, por favor, necesito tres ‘L’ y dos ‘S’ para un compadre. Las camisetas de empotrador. Gracias”. Se desahoga tras las gestiones. Hay un atasco en la autopista y mientras mira el móvil grita contra el tráfico y contra su acompañante. “No lo pienso”, dice, “pero me desfogo, perdona. Ya me irá conociendo”. A su mujer, por último, le pide que le enseñe un pecho. Se ríe.

Se tira un pedo en el coche. Nos reímos.

Los martes y los jueves Javi invita a entrenar gratuitamente de 9 a 11 a quien quiera. También les dirige Pollo Ramírez, como a él. Es una iniciativa del rey Chatarrero para sacar a los jóvenes sin trabajo y sin estudios de la calle. Asume un alquiler de 500€ por la sala y 300€ del entrenador. Como mínimo, gasta 800€ en la iniciativa, más el material que compra. Dice que es por la mañana para que los chicos se acuesten antes y luego tengan todo el día libre. Entre los que entrenan gratis con él hay magrebís, gitanos, suramericanos y españoles. También hay un Mosso d’Escuadra. Es el gimnasio gratuito de la Calle Clariana 53, en el barrio de Barón de Viver, cerca de la chatarrería.

Este gimnasio se conoce como el Chatarras Palace 2. En el Chatarras Palace original comenzó a crecer la figura de Javi como el rey Chatarrero y los medios se interesaron por lo que se conocía como “el club de la lucha español”. Los inicios fueron estos: Javi preguntaba a algunos de sus empleados si querían pelear. Les daba unos guantes de boxeo y le daba 50€ o 100€ a quien ganara. Se reunían al terminar la semana, los sábados en la chatarrería hacia las 13:00 h. “Se pegaban sin hacerse daño y nos partíamos la caja. Grabábamos un vídeo y lo subíamos a YouTube. La gente se volvió loca y se llegaron a juntar aquí 200 personas para ver los combates”, dice Javi. “Me di cuenta que chavales con muchos problemas ya no salían el viernes de fiesta para venir el sábado a pelear”. Montó un gimnasio con sus ahorros y lo llamó el Chatarras Palace. Se lo cerró el Ayuntamiento. Javi todavía no entiende por qué si desarrollaba una labor social que no suple ningún centro de día. “El abogado de la familia recomendó que lo cerrara”, dice. Tras el cierre del gimnasio, Javi estuvo un par de meses deprimido: quería formar un equipo de luchadores, pero muchos chavales solo iban por el dinero que podrían obtener. Le invadió la incomprensión.

A Javi le realiza la labor social, tanto con los chavales, a los que llama cachorros, como con los perros. “No pienso en por qué lo hago, simplemente me sale de dentro y me hace dormir tranquilo”, dice. Lucha contra el determinismo de los chicos de barrios más pobres. No entiende por qué nacer pobres tienen que convertir en delincuentes. “¿Por qué tienes que regalarle tu vida a esos hijos de la gran puta? Lo de la cárcel es un puto negocio. ¿Por qué un chaval va a ver su padre al talego y el guardia le mira como diciendo: ‘tú de mayor también vas a estar aquí’? Eso lo he visto yo. ¿Estamos locos? Tú no puedes pretender que alguien salga de la cárcel sin trabajo ni nada. Dale algo para que se sienta realizado y se pueda convertir en una pieza clave de esta sociedad. No dinero: un trabajo, coño”, dice alterado.

Juanito “Lee”, uno de los jóvenes chatarreros que vieron nacer el Chatarras Palace, dijo en una entrevista que Javi era un referente para él: “yo me acuerdo que al mes de estar entrenando con él estaba en casa pensando y me inflaba a llorar, te lo juro. Me emocionaba al pensar ‘y este hombre, ¿por qué me habla así, por qué me ayuda’?”.

—Yo he estado detenido muchas veces —dice Javi. —Pero al salir tenía una ayuda y el apoyo de mi familia. Hay muchos chavales que vienen al Chatarras Palace porque no tienen ese apoyo.
—¿Y el dinero de dónde lo sacas?
—De mi sueldo de la chatarrería. Las cuentas las lleva mi madre y a mí me tiene asignado un sueldo. No soy capaz de ahorrar nada. Todo lo que entra, tal como viene, sale. —dice.

La Federación Española de Boxeo rechazó las peleas chatarreras. Javi hizo un vídeo vestido de cintura para arriba con americana y corbata y en gayumbos de cintura para abajo. Se metió la mano dentro de la ropa interior mientras decía: “¿Sabéis lo que os digo, con mis gayumbos de Barrio Sésamo? ¡Que me podéis comer los kiwis, compadres!”. Y sacó dos kiwis hacia la cámara.

En algunas ocasiones, Javi llega a la chatarrería con un porche cayenne blanco. La gente que lo ve salir se sorprende: no va con traje. Es un hombre de 34 años en mangas de camisa, musculado, con dos colgantes de oro macizo y tatuado hasta la nuca. “No soy millonario”, dice: “un millonario no trabaja 15 horas al día en una chatarrería. Lo que pasa es que hay gente que no entiende que podamos ceder patrimonio nuestro para ayudar a personas que no conocemos de nada”.

Alguna tarde llega al gimnasio Gallego Prada, cerca de la parada de metro de Torrasa, en Hospitalet. Ese día se ha publicado la noticia de que el Toro de la Vega no morirá. Javi entra gritando, como se llega al hogar con una gran noticia, entusiasmado por compartirla. “Javi, ¡hazte político!”, grita uno. Dice que sí, que los va a convencer a todo de que es buena persona y luego va a robar todo lo que pueda. “¡Como todos!”, grita otro. Todos aplauden la gracia. También está Musa, un joven al que Javi mantiene su carrera deportiva: paga su entrenador personal (150€ al mes) y el complemento vitamínico que necesita (25€, aproximadamente). “Lo hago porque me sale de los huevos y porque el tío vale”, zanja Javi.

A la salida del entreno reposan sobre una scooter los dos miembros de Rosa Rosario, un grupo de rap que creó el himno chatarrero. Los tres se conocen de toda la vida. Ambos cantantes son boxeadores profesionales. Uno de ellos, Chaca (Isaac Real) es campeón europeo de boxeo. Hablan los tres. Javi les pide que compongan un himno animalista, para salvar a los perros. Cuando Javi entra en su coche para irse, hay una pareja esperando a que lo mueva para poder salir. Había aparcado donde le vino bien. De pronto, un joven negro le llama:

—Javi, ¿qué tal tío?
—¿No vas a entrenar o qué?
—Tengo muchos problemas tío. No es que no quiera, pero…
—¡Que vayas a entrenar, coño!
—Vale, vale, vale. Voy a ir, ¿vale?
—Claro, tío. Hay que entrenar, hermano. Mira, ves para el Gallego Prada que yo voy a ahora.
—dice Javi.

Javi dice que es un pobre chico de Guinea y que le ha buscado peleas chatarreras para que pueda ganar algo de dinero, pero para unas risas, no para mantenerlo. De pronto, en la cara del guineano se había dibujado la expresión de los niños que miran al padre tras una bronca: con tanto terror como admiración. Javi da una vuelta con el coche para volver al Gallego Prada. Aparca en doble fila y entra a pagar la cuota del gimnasio al guineano. “Hazme caso”, dice al volver, “que es una organización de ayuda lo que tenemos montado, tío”. Habla de nosotros, pero es él. En un vídeo de su canal de YouTube habla de la inseguridad de los chavales tanto como de la suya a su edad: “Cuando me apunté al gimnasio tenía 16 años y muchas inseguridades. Era muy violento y me quería pelear por la calle siempre. Eso en verdad era inseguridad, ¿vale? El hombre fuerte de verdad es el que no abusa de su fuerza”.

Gallego Prada señaló en un su Facebook que boxear no significa pelear, agredir o pegarse. “Quien peligrosamente abrace esa idea, sólo demuestra no saber nada de este deporte”. Un hombre sugirió en Twitter que un boxeador como Javier García Roche no podía hablar de violencia sobre el Toro de la Vega por ser violento. En el ambiente de Javi la violencia y el boxeo no tienen nada que ver. Él se lo dice de otra manera a sus cachorros: “como dice Spiderman, un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

A las 20:00 horas ya no queda nada de la actividad industrial en la calle de la chatarrería, solo Javi, que vuelve del gimnasio a cerrar. Es una calle desierta, con una carretera ancha, también las aceras lo son. Los edificios son bajos y recuerdan a esa hora silenciosa a la disposición de las casas en las películas del Oeste. Todas las aceras son grises, excepto la que está frente a la chatarrería, que es negra, aunque ni resbala ni es pegajosa. Hay tornillos por el suelo, algún cristal roto y una pluma de paloma desubicada, rosada, pequeña y frágil.


Comments

  1. Empatía y bondad en un tipo tan duro como Javi García Roche. La vida no está hecha de blanco o negro y lo que se vive dentro del Chatarras Palace es un ejemplo de ello. Menuda vida la de este tipo y menudo reportaje os habéis marcado con él. Chapó.

    1. Javier Rodríguez Godoy Author

      Gracias Beatriz! Hemos intentado empatizar y todo estaba lleno de contradicciones. Aquí se ha reunido lo bueno y lo malo de un hombre, de un barrio y hasta de un país. Gracias por sacar tiempo para leerte el reportaje y por pasarte a comentar. Un abrazo

  2. Memorable vida. Eres un campeón de la supervivencia con un corazón enorme. Sigue con tus luchas. Deberías ser la envidia de todos los que se llenan la boca de buenos propósitos pero no mueven ni un dedo.

  3. Hola javi solo decirte q gracias por ayudar alos bebes y q sigas asi te seguimos quisiera ayudar pero n se como hacer un beso

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