Entrevista a Javi García Roche

Chatarras Palace | Historia de esta fotografía

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Entrevista a Javi García Roche

Entrevista a Javi García Roche

Para ver al Rey Chatarrero sentado frente a la cámara han tenido que pasar dos meses, tensiones y que me tiren un café encima.

Manuel y yo estábamos ayer en la chatarrería a las 8:00 horas. Era la segunda vez que concertábamos una entrevista con Javi G. Roche y temíamos que ocurriera algo que impidiera a nuestro protagonista llegar a la cita.

Ocurrió algo: sonó la alarma de la chatarrería durante la madrugada. El Rey Chatarrero se acostó tarde y se durmió por la mañana.

Nos fuimos por donde vinimos, sin saber cuándo ni cómo conseguiríamos poner el broche a la recogida de material para el reportaje sobre Javi G. Roche. Volví a mi día, que era un mal día, y no mejoró hasta que me tiraron encima un café cortado. Me dije que no, que ya tenía suficiente. “Hoy lo terminamos”.

He comprobado que para un reportaje es tan malo estar poco tiempo con el protagonista como estar mucho tiempo.

Javi aceptó un nuevo horario: “hoy a las 19:00”.

Los diez minutos de más tensión

Diez minutos antes de que Javi Roche llegara a la chatarrería, estuvimos hablando por whatsapp él y yo. Él manda audios. Yo le escribo. El Rey Chatarrero volvía cansado de entrenar y encontró un atasco en la carretera.

En esos 10 minutos se jugaba todo el reportaje. Fueron los más tensos de todo el trabajo. Recibí el primer audio con un tono duro, como respuesta al mensaje de que ya habíamos llegado:

—Yo, sinceramente, estoy hasta la polla de todos los periodistas que no tengan más cojones que contar las putas historias del chatarrero. Estoy fundido, estoy sobrepasao, tío [risas]. Estoy de camino con una puta caravana de mierda, llegando, tío. Me cago en mis muertos y en mi puta vida. Llevo un día de mierda que te cagas.

Yo sabía que Roche se quita así el estrés, hablando. Se desahoga. Lo he vivido varias veces durante estas semanas y también en un atasco de tráfico.

Le dije que si quería nos íbamos, que no pasaba nada. Contestó peor: que no me hiciera el indignado, que ahora íbamos a cagarla juntos. Pensé en el día que yo llevaba: un problema tras otro en cualquier asunto que manejara. Me venía abajo y pensé, con humor, que el café me había hecho reaccionar. Así que me reí por dentro.

Manuel estaba montando el equipo de grabación en una de las naves de la chatarrería. Pensé que Javi venía enfadado, que no habría entrevista ni vídeo, y le comenté a Manuel que no siguiera montando. Que esperábamos. Que quizás no era buena idea que nos viera en su chatarrería como si fuera nuestra casa.

Le mandé un audio a Roche. Le dije que le entendía, que ha hecho muchos esfuerzos por atendernos durante estos dos meses. Es verdad. Él no gana nada. No sabe decir que no.

Contestó que si de verdad estaba haciendo un reportaje sobre su vida, yo debería saber que esa reacción es parte de su vida. Lo dijo con rabia, derrotado: “¿Verdad que estás narrando parte de mi vida? Pues eso es, tío: el estrés, tío. El sobrepasamiento. El derrotismo. Estoy saturao de problemas de todo el mundo. Saturao, tío. Todo el mundo me transmite sus putos problemas. Todo el mundo me transmite sus necesidades, tío, y a veces… ¡Que caigo derrotado, tío! Que caigo derrotao. Pero bueno, estoy es lo que hay”.

Venía de su segundo entreno del día. De ayudar a una perra de acogida, de solucionar algunos temas legales, de asumir la organización de su próximo combate, el 9 de julio. Era verdad: estaba fundido. Hace dos semanas le diagnosticaron astenia post estrés.

No pintaba bien. Creí que era hora de marcharse.

Entrevista a Javi García Roche. Chatarras Palace

Soledad en la chatarrería.

La sonrisa chatarrera

Roche llegó 10 minutos después del primer audio, con un porsche cayenne blanco. Me dio una voz y al verle me sonrió. “Vale, sonríe. Seguimos”, pensé.

El resto fue muy fácil. Pasamos a la oficina, vio a Sasha, la perrita que está cuidando hasta el lunes, cuando se la llevará una familia a Canarias. La ternura del animal calmó a Javi. Se sentó en su silla. Preguntó a un empleado qué tal había ido el día en el negocio. Bien, dijeron. Sopló. Descansó. Se hizo una composición de lugar.

—Vale. ¿Y qué tenemos que hacer? —me preguntó.

Le expliqué cómo sería el vídeo. Asentía. Le expliqué cómo sería la entrevista y por qué sería así. Volvió a asentir. Todo había cambiado. El ambiente era relajado y él estaba dispuesto.

Fuimos a la nave de al lado, donde los camiones se llevan contenederos de chatarra molida. Le pregunté si prefería la entrevista de pie o sentado. “Sentado”, dijo, señalando una caldera doméstica azul. “Aquí, todo chuleta”, comentó. Manuel le sugirió que la cambiara de lugar, porque el fondo era importante para el vídeo. El chatarrero se fue a un rincón y sacó una silla azul de entre dos lavadoras destartaladas.

Ya no había estrés. Aquellos 10 minutos previos fueron los más tensos de todos los reportajes que he trabajado.

Los 20 minutos siguientes de entrevista fueron también los más intensos y agradables que yo haya vivido en este oficio tras la entrevista a Marcos Ana.

Cuando terminó la entrevista, Manuel y yo nos quedamos completamente solos en la chatarrería. Javi G. Roche había salido a que le prepararan la cena. Nosotros quisimos grabar otros 10 minutos los bloques de chatarra. Manuel tuvo una idea. “Puede quedar bien para este reportaje”, dijo para sí. Le miré, desorientado. “Naturaleza muerta”, dijo.

Lo contaré en otro lugar.


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